Los que duermen de pie
No caminaban como muertos. Eso sería casi más limpio.
Los muertos, al menos, ya han terminado.
Aquellos seguían atrapados a medio camino: ni despiertos ni ausentes del todo, suspendidos en una derrota química que los mantenía en pie por pura inercia.
Desde lejos parecían figuras humanas. Desde cerca, no exactamente. Eran cuerpos que habían delegado el mando.
La cabeza colgaba hacia delante como si el cuello hubiera renunciado; la espalda se doblaba en un arco imposible; las rodillas cedían sin llegar a romperse; las manos flotaban a los lados, inútiles, sin propósito. Quedaban así, inclinados hasta un límite que parecía incompatible con el equilibrio, como árboles blandos vencidos por un viento que no soplaba.
No dormían de pie: se apagaban de pie.
Entraban y salían de una penumbra espesa, un sótano mental sin relojes, sin voluntad, sin arriba ni abajo. Por momentos el cuerpo recordaba que debía seguir sosteniéndose y corregía milímetros; luego volvía a vencerse, otra vez hacia delante, otra vez hacia el suelo, hasta quedar con la cara cerca de las canillas, como si estuvieran escuchando algo secreto en el asfalto.
La calle entera adquiría un aire de acuario enfermo.
Semáforos, sirenas lejanas, bolsas empujadas por el viento, voces rotas, pasos rápidos de quienes ya habían aprendido a no mirar demasiado. Y en medio de todo eso, esas figuras dobladas, quietas pero no inmóviles, respirando mal, como si cada bocanada tuviera que atravesar barro antes de llegar a los pulmones.
Lo más perturbador no era la inmovilidad, sino la lentitud.
Una lentitud antinatural, espesa, como si el tiempo se hubiera vuelto pegajoso alrededor de ellos. Un hombre alzaba la cabeza dos centímetros y tardaba una eternidad; una mujer intentaba enfocar algo delante de sí y sus ojos parecían llegar tarde a la realidad; otro se inclinaba hasta el borde mismo de la caída y, en el último instante, una orden primitiva, enterrada en lo más hondo del sistema nervioso, le impedía desplomarse. No estaba presente, pero su esqueleto aún obedecía a restos de memoria.
Por eso la imagen resultaba tan brutal.
No era el espectáculo de la violencia abierta, ni el del colapso instantáneo. Era algo peor: la visión de una persona anulada poco a poco, sin épica, sin rabia, sin gesto. Un cuerpo vivo reducido a soporte, a armazón, a perchero de sí mismo.
Parecían estatuas derrotadas por dentro.
No monstruos, no espectros, no criaturas de otro mundo. Solo seres humanos en el punto exacto en que la química le gana la partida al yo y deja encendida una luz mínima, insuficiente para vivir, pero suficiente para no caer todavía.
Y quizá por eso impresionan tanto esas escenas.
Porque muestran una forma de ruina muy concreta: la del hombre que no ha desaparecido, pero ya no termina de estar allí.





Tu texto me hizo pensar en algo que vimos en Brasil. La llamada “Cracolândia” fue desmantelada. El lugar desapareció. La ruina no: se dispersó.
Pero hay una diferencia.
La ruina química apaga el cuerpo. La ruina moral apaga la forma.
La primera se ve en la calle. La segunda se normaliza en silencio.
Y cuando la forma se pierde, la caída ya no necesita drogas.